AYUDA!!! CON LA SOLEMNIDAD

Carnales, solicitamos de su valiosa ayuda para encontrar el nombre de las rolas de uno de los grupos insignia de principios de los ochentas de Guadalajara: LA SOLEMNIDAD o simplemente “LA SOLE”, ya que contamos con su discografía, no así con los nombres de las canciones, así que esperamos nos ayuden para así poder compartir este material,
¿vale? Ah y de ser posible con las portadas…

Los discos son:
Popular*

Blackness Tonala*

Arlequin*

81-94*

Concha*

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~ por el tal ramses en 13 marzo, 2008.

4 comentarios to “AYUDA!!! CON LA SOLEMNIDAD”

  1. Hola me da mucho gusto que todavia existan personas que recuerdan a la Solemnidad, desgraciadamente yono cuento con discos ni nombres de ellos pero estoy interesada en adquirirlos (aunque sean copias), estare al pendiente de sus comentarios y noticias, Gracias.

  2. Hermano, no hay manera de conseguir aunque sea un disco de la sole? si es así yo te puedo ayudar pasándote algo de esa época, tengo los tres disco de toncho pilatos, back de los spiders, el 39.4 y de la revo, que su disco es mucho mas facil de conseguir

  3. Un saludo, aqui algo que se ha escrito de la Solemnidad, lo hizo el historiador tapatio Jesús Zamora, esto es un fragmento…

    De la Sole a los Soleros. Jesús Zamora García

    La Solemnidad fue una banda de rock que estuvo activa en Guadalajara de los años que van de 1972 a 1986. Popularmente se conoció a este grupo como “La Sole”. A sus seguidores se les conoció en el ambiente del rock tapatío de la época como “Los Soleros”. Los integrantes originales fueron el cantante Blas Rodríguez Navarro “Blas”; en la guitarra Rafael Iñiguez López “El Marras”, ya fallecido, en otra guitarra estaba Rodolfo Asencio Castillo “El Popo”. En el bajo estaba Tomas Vázquez Ríos “El Ganzo” y en la batería estaba José Iñiguez López, “Pepe”, hermano de “El Marras”. Los cinco integrantes duraron unidos más de 25 años. En la secundaria Blas conoció a “El Ganzo”, esto ocurre en Tlaquepaque, y de ahí ubican en San Andrés a los demás elementos. Cuenta Blas en una entrevista para “Buscando el rock mexicano”. que en aquel momento las bandas usaban nombres muy largos, y que a él se le ocurrió el nombre del grupo por que le gustaba mucho una canción de los Bee-gees que se llama The earnest of being George ─la solemnidad de ser Jorge─, de ahí sugirió el nombre de la solemnidad. La Solemnidad se fundó en 1972, sacó sólo tres Ep´s de 45 revoluciones. Ensayaban covers de lo que más se oía en la radio. Grabaron tres discos con baladas, todo lo contrario a lo que hacían, e incluso se les programó en el radio, no era muy común el rock en español.

    En estos discos estaban las canciones originales de la banda, Dios Quiera, Charly y He conocido una chica. Una de las curiosidades, es que la gente decía que la Sole tocaba mejor que los grupos originales. El grito de guerra lo formó la banda, que en los conciertos gritaban “¡Sole, sole, sole, sole, sole!”; las pandillas las seguían. Este breve texto contiene una serie de incipientes pasajes, memorias y pequeños relatos alusivos a las míltiples historias de los soleros. El escrito en sí, es el primer ejercicio exploratorio previo a un análisis teórico sociocultural más amplio y que en estos momentos se efectua como parte de un largo proyecto de investigación. El afán es situar un poco la historia de estos cientos, miles de mujeres y hombres de las décadas de los setenta y ochenta en el plano del desarrollo de la contracultura tapatía. En lo personal con este texto trato de rendir tributo de manera minúscula a La Sole y a los soleros, mismos a los que considero con mucho y entre pocos, como uno de los fenómenos más importantes en la historia de las juventudes ─e irónicamente más ignorados─ por los expertos en los estudios del rock en la ciudad. La Sole y los soleros a pesar de representar al sector más grande de ejecutores y seguidores del movimiento rockero en los años setenta y ochenta, han sido anulados de la mayoría de las cronologías y memorias que se han efectuado en los libros que versan sobre el rock tapatío. A lo largo de muchos años, compartiendo experiencias y reflexiones sobre lo que el culto solero significaba, hemos encontrado que La Sole y los soleros forman parte de un importante fenómeno social de audiencias organizadas, compuesto de simbologías, prácticas específicas de auto representación y despliegues territoriales mediante pandillas que evolucionó hasta convertirse en un movimiento masivo, compuesto de miles de jóvenes y adultos, algo no logrado ─hasta donde se sabe─ por ni una sola de las bandas de rock de la época. La Sole no era por lo tanto, un grupo al que se iba a ver por un rato para el final de la tardeada ser olvidado. No. La Sole formaba parte de la identidad de los jóvenes que vivian en los barrios del este de la ciudad. La Sole era como simbolo, una banda que integraba a sus seguidores, en una forma de ser y asumirse en el mundo, y esto no es una cosa menor. El presente texto trata pues, de abrir la reflexión para ir recuperando algunas pistas relacionadas con este grupo de rock tapatío y sus seguidores para generar con ello, las pautas para conocer en retrospectiva cuales han sido los origenes de la contracultura mucho más allá de los actuales movimientos contestatarios en la ciudad. Dentro de lo que podríamos llamar la “nación rocanrolera tapatía” de aquellos años ─que no es otra cosa más que el conglomerado masivo e indistinto de seguidores del rock en la Guadalajara setentera─, los soleros eran considerados uno de los sectores más temibles del orbe. Los soleros encarnaban en cierta medida todos los puntos delimitantes que cerraban sobre sí el submundo de las pandillas, las drogas y la violencia.

    En términos concretos, para los cientos o quizás miles de muchachos y muchachas pertenecientes a esa nación rocanrolera a que aquí mencionamos de manera muy a priori, los soleros personificaban todos los mitos de los peligros de los males y vicios urbanos asociados al rock. Enclavado en los múltiples casinos de los barrios de los Sectores Libertad y Reforma, ─amén de los espacios habidos en Tlaquepaque, Tonalá y Zapopan─ el culto solero era un cosmos cerrado para la tradicional nación rocanrolera. Eran los soleros de los setenta y ochenta, un punto en la vida juvenil organizada de la ciudad, en la que se entrelazaba la potencia de la vida de adolescentes y muchachos entrados en los veintes y treintas, que era turbada por todo tipo de crisis: la generacional, la existencial, la económico social y la cultural. De ahí que el fenómeno que la Sole y sus incondicionales conformaban, fuera de los más visibles de la época. Imposible negar la explosividad de las zonas en las que la Sole y los soleros extendían los confines de su dominio. Ante los múltiples géneros de violencia que representaban los soleros, la nación rocanrolera ─consciente o inconscientemente─ decidió proscribirlos de los circuitos aceptados del mundo rockero. La Calzada Independencia se constituyó así, en la frontera de dos formas de generar y experimentar el rock. Quedaron en el lado este los soleros. El culto fue sitiado en el interior de los vastos territorios de los Sectores Reforma y Libertad. Al relegar al olvido lo que ocurrió en ese tiempo y en ese espacio con La Sole y los soleros, el rock tapatío cerró hasta el día de hoy, las puertas a su propia historia. Es por ello que decimos que la proscripción contra los soleros pasó de ser una exclusión concreta, a ser una supresión histórica. Pasados más de 30 o 40 años, los silencios de los especialistas del rock tapatío, han hecho evidente que La Sole y los soleros fueron extirpados de las pequeñas y grandes historias del rock, dejando de lado ─más que el reclamo de pertenecer o no al fatuo panteón rocanrolero tapatío─ la riqueza de conocer los contextos histórico/culturales que produjeron al fenómeno solero.

    Parece ser que para los especialistas del rock en la ciudad, la Sole y los soleros no merecen más que unas cuantas gotas de tinta. En la ciudad aparentemente existe sólo una forma de “hablar” del rock: concentrar toda la batería en las bandas, dejando de lado los temas de audiencias, espacios y prácticas. Quizás la historia escrita no alcance para las experiencias de los seguidores, y por ello quienes escriben de rock, sólo se quedan focalizados en la glorificación repetitiva de los músicos y sus aportes. Evidentemente, escribir sobre rock tapatío en el siglo XXI equivale a hacer amplios paralelogramos que incluyan los nombres de los integrantes de las bandas, sus discos lanzados, las giras hechas, las canciones originales más importantes y la trascendencia de tal o cual banda en la historia del rock. Pareciera que la gente que rodea a las bandas, quedara fuera de las apreciaciones de manera automática, como si no formaran parte del fenómeno, lo cual es lógico en tanto no es propósito ni meta de dichos expertos abundar en esas áreas. Si las audiencias contemporáneas del rock tapatio quedan supuestas en un disfrazas de olvido, mucho más ocurre así con los seguidores de otra época.

    Socialmente hablando y hacia inicios de los años setenta, los soleros eran en su mayoría, muchachos y muchachas que trabajaban en las pequeñas fábricas del este de la ciudad como el caso de la empresa de calzado conocida como “La Mexicana S.A.”, ubicada en la calle de San Esteban a su cruce con la 54 en la colonia Talpita. Los había zapateros, mecánicos, lamineros, marmoleros, obreros, albañiles o tablajeros. Algunas de las soleras formaban parte del área de adornadoras de zapato de talleres diseminados en San Andrés, Santa María, Talpita, San Marcos o Santa Cecilia, otras venían de las maquiladoras de ropa o de textileras de la zona. Trabajos ligados a la pequeña industria de la ciudad, enclavada en el este de Guadalajara, en especial los sectores Reforma y Libertad. El espectro era muy amplio si hablamos de los oficios a los que se dedicaban. Es por ello que la historia de los soleros corre a la par de la identidad de clases y de los conflictos que le son naturales en los términos de una lucha social dada desde la cultura rocanrolera y la manera en que esta se vivía en los barrios: vigilancia y represión policiaca, clasismo, falta de oportunidades, migración a los Estados Unidos en busca de una mejor posibilidad de vida.

    Rompiendo las tinieblas y extrayendo la mucha vida que ahí se preserva. La historia de la Solemnidad y la de los soleros emerge ligada a la historia de la precariedad económica social de la Guadalajara setentera y ochentera. La historia de los soleros es en buena medida, la historia de las pandillas, de los territorios demarcados por éstas. Es la historia de las rupturas generacionales, de los quiebres en las visiones del mundo, mismas que van desde el determinismo de un clasismo social que dividía a la juventud tapatía, hasta las visiones diferenciadas que los soleros como actores de esta historia, tenían respecto al ser y estar, a la vida y la muerte en la ciudad. Pasados los años, aquí está una historia de los soleros, tan sólo una de las muchas que hay. Una historia que quiso ser cerrada incluso por la propia nación rocanrolera de guanatos, esa nación que hoy día bombea sangre al capitalismo mediante el modelo tributario del ticket master. Por eso era imperante para la historia del rock tapatío, traer de nuevo a los soleros suspendidos para la eternidad en un salto en el aire, gritando, ¡gritando para siempre! Porque antes del verbo fue el grito dice John Holloway; un grito que se niega a la mutilación de la vida truncada por el capitalismo. “Un grito de tristeza, un grito de honor, un grito de rabia, un grito de rechazo: ¡NO!”; así nos dijo Holloway en Cambiar al mundo sin tomar el poder. Es ese “no” convertido en grito, el mismo al que invoco para traer hoy a la memoria a los soleros. Recordar, caminar a la luz del día y de la noche. Recordar los pasos dados desde hace más de cuarenta años para regresar sobre ellos. Restituir la vida con la música, las visiones que regresan, el rock, el baile, los amigos de antes y de ahora. Hay que poner a la vista de todos esta historia cumplida en los setenta y ochenta, para restaurar los pedazos de vida perdida entre el trabajo de la fábrica, los viajes al gabacho y la condena al olvido. Hay que hablar de ello.

    El ascenso, auge y desaparición del escenario de La Sole, ocurre de una manera paralela a las grandes líneas históricas del rock tradicional en Guadalajara y México. Pertenece al ámbito de las audiencias, al de las vivencias de miles de jóvenes desamparados en un momento de sus vidas, en la búsqueda de un lugar en el mundo. La Sole, de manera metafórica les permitía pertenecer a un mundo. La gente, el gobierno, la policía tenían miedo. Los macanazos, las redadas, la represión sistematizada nos dejan ver que pensaban mucho en nosotros, los jóvenes de esa época; se tomaban su tiempo para diseñar la forma de contener ese desbordamiento que se manifestaba de otra manera. Eran pues aquellas tocadas de La Sole, liturgias simultáneas de renuncia al mundo adulto y de unificación en la desventura común del desarraigo; tenían un espacio donde llevarse a acabo. “El Arlequín”, “El Modelo”, “Los Dos Patios”, “El Venecia” o “El Popular” eran el centro donde se congregaba esa forma múltiple de poderes rebeldes de una generación apabullada por todos lados. Una forma más del “no futuro” tapatío que sin duda, resultaba más trágico que el no future sexpistolero del Londres thatcheriano. Al salir del casino, íbamos en bola tomando las calles de manera un tanto abarrotada, lo cual nos hacía temibles haciendo surgir un fuerte orgullo de saber que pertenecíamos a “algo”. Los camiones se detenían y la gente arriba se nos quedaba viendo con cierta admiración, un poco azorada. Eso éramos, éramos “Los Soleros”, los seguidores de La Solemnidad, nos habíamos envenenado de aquel rock sin adjetivos; el rock antes de la fragmentación post-moderna de los cientos de subgéneros derivados. En las elites de la programación radiofónica ─la comercial y la universitaria─ de la ciudad, se empezaba ya a mediados de los ochenta, a difundir lo que sería la marca indeleble de la nueva era musical; habían llegado los tiempos de la expansión de las mezclas duras, el eclecticismo y la maraña del fragmental world-beat. Es ahí que La Sole y sus hordas resultaban para muchos de los nuevos seguidores del rock post-moderno, un incomprensible anacronismo. Por eso hay que reiterarlo, hay que repetirlo muchas veces: La Sole era otra cosa. Era por decirlo de una manera, la banda que había cobijado por casi dos décadas a los rockeros puros. La tradición venia desde mediados de los setenta, y se mantuvo todavía a fines de los ochenta, años en que muchos soleros se convirtieron a la religión del High Energy, y empezaron a rondar en las tardeadas de el casino “Lucifer”, allá por Alcalde e Independencia, en pleno centro de Guadalajara. Esos Soleros se transformaron en “Zindunguis”, otra historia. A los que quedaron les pasaron por las pestañas las crisis del fin de la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín y el inicio redentor del neoliberalismo mediante el New World Order de Milton Friedman, que tuvo su arranque con la Guerra del Golfo Pérsico en 1991.

    La conjunción Banda/audiencia, Sole/Soleros, gestaron un núcleo vivo dentro del movimiento que respondía al pulso de otras venas, la del odio social, la vena del destino vacío, la vena seca de un mañana podrido. El rock nos permitía dejar atrás esas condiciones, y dentro del exorcismo que Blas ejecutaba, cupo la imaginación, cupo la posibilidad de resistir y romper con los determinismos: muchos salieron de ese marco cerrado a los sueños e hicieron los propios, trascendieron, muchos allende las fronteras, en el gabacho . Muchos logran romper ese estado de ráfaga inercial que corría rápida hacia el vacio. Era la música y era la gente, Los Soleros no éramos simples fans del rock, éramos gente en resistencia, negados a ser momificados en vida. Los Soleros eran sujetos haciendo y organizándose en otras formas de hacer vivir la cultura, y por ende, de hacer política, esas formas que los políticos tradicionales no comprenden, pero que han sido la clave para que la estructura del mundo presente no reviente. De ahí el carácter santifico y sacrificial de las tocadas de La Sole y sus tropas en los setenta y ochenta. Ahí donde La Sole logró conjurar los comandos del veto al rock, se decantaron diversas prácticas que nos permiten pensar en la forma en que se revirtieron las ordenes de un Estado autoritario, desmerecedor del aprecio y respeto de las juventudes marginales y de otras más, como los grupos estudiantiles luego del 68, el Jueves de Corpus y la Guerra Sucia.

  4. Amigo un disco de la solé como tal no lo vas a conseguir, porque su única rola era la del vagabundo pero creo que nunca la grabaron disco y todas las demás eran covers. Si gustas puedes mandar un email. Y te mando la mayoría de los nombres de las canciones que se aventaba el Blass.

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